Nada es tan importante, escríbelo.
sábado, 9 de junio de 2018
Selección múltiple
- ¿Qué opinas de las mudanzas? ¿Leíste alguna vez a Joshua Cohen?
- No, nunca.
- ¿Cómo sobreviven los pájaros en las ciudades?
- Escondiéndose.
- ¿Cómo?
- No sé, la verdad no me importa.
El que tuvimos ahí fue un diálogo innecesario, forzado por la obligatoriedad que ambos teníamos de permanecer ahí, esperando a la protagonista del relato, que no aparecerá en el. En realidad, creo que ambos sabíamos que no iba a aparecer en el relato, sin embargo, estábamos ahí, en una calle de nombre Don Bosco, en San Miguel. El nombre de la calle no tendría ninguna relevancia si no fuese porque nunca había averiguado quien fue Don Bosco, más allá de un equipo de fútbol con ese nombre en la liga de la República Democrática del Congo.
La esperábamos para hacerle un par de preguntas más bien estructuradas apropósito de un fanzine. No sé si ahora se dedicaba a la escritura o la ilustración, no me importaba, a mi solo me intrigaba su presencia. De una u otra manera, la intriga es una especie de camino que comienza en la indiferencia y termina en la decepción. Una especie de búsqueda de la decepción o de la humanidad de cada quien, que es prácticamente lo mismo. Pero hablar más de ella ahora, en este relato, no importa demasiado.
Con Sofía, a quien dirigí las preguntas, nos conocíamos hace años. Y como nos conocíamos hace años, yo sabía que si había leído a Joshua Cohen y que sencillamente no tenía ánimos de fingir una conversación conmigo, probablemente ella sabía que yo sabía que había leído a Joshua Cohen. El tiempo hace mucho daño a esas relaciones que quedaron en el tránsito a la amistad, por alguna razón, a veces muy tonta e irremediable. Seguramente no me odiaba, ni yo a ella. Simplemente, ya nos habíamos conocido y ya nos habíamos equivocado. Pero estábamos ahí, unidos a una tarea, en la cual ella era más metódica y yo solo estaba más intrigado con la protagonista que no aparece.
Sería algo abusivo decir que convivíamos en un silencio incómodo, al contrario, era un silencio medianamente cómodo. Ambos lo esperábamos, por tanto, ambos debimos sentir esa sensación tan propia de los planes realizados.
- Roberto ¿te conté que es mexicana y que vivió en México?
- No. Sabes, siempre que intento imitar el acento peruano, termino en el mexicano.
A Sofía seguramente no le interesaba mi problemática de acentos, entendí, luego de hablar, como casi siempre me pasa, que en realidad quería hablar de ella, de la protagonista mexicana, no de acentos.
- Ah, no. La vi un par de veces, ahí, en esos locales en Santa Isabel. No lo sabía.
- ¿Nunca la escuchaste hablar?
- No, ella no hablaba, yo tampoco. Creo que la única vez que la escuché fue cuando pidió una cerveza, no me di cuenta de su acento.
- No te dije que hablaba como mexicana, te dije que era mexicana.
- Ah.
- Si la hubieses escuchado, podríamos hablar más de ella, no vas a entender.
Guardé silencio, no recuerdo cuanto, pero pensé que tenía razón. Como iba a entender lo que tenía para decir si no había escuchado jamás a la mexicana que no llega, ni jamás me había escuchado a mi mismo pensando sobre ella.
- Entiendo, es verdad. ¿Te gusta?
- Sí, a veces, cuando aparece.
- ¿Cómo?
- A veces, no sé. Viaja, viaja mucho.
- ¿Se ven poco?
- A veces, te dije.
Así, por alguna razón, y por minutos, o quizás más que minutos, pareciera que nos hubiésemos olvidado de que nos conocíamos. De que probablemente íbamos a tener que juntarnos otra vez porque la protagonista mexicana no iba a llegar. Nos olvidamos así también de que nos habíamos equivocado. Por momentos, surgió una conversación tan sincera como nostálgica, como las que solo se pueden tener antes de los errores, durante la intriga. Conversamos de ella y la protagonista, de la protagonista y su pareja española, de las lentejas con quinoa y la protagonista, de ella y la soledad, de que la protagonista no llega. En un momento, posterior, cuando entendió de forma tierna que yo no tenía respuestas para dar, sacó el cuestionario, las preguntas.
No sé quien elaboró el cuestionario, si fue Sofía o Núñez, probablemente Núñez por las preguntas y el formato. Era así, enserio, un cuestionario. Una entrevista-cuestionario. Empezamos a responderlo, como si fuésemos la protagonista o quizás nosotros mismos. Abrimos un vino en caja, y seguimos respondiendo, también riendo. Ahí, con el vino en la mano, tuve envidia de la protagonista que no llegó, envidia de estar sometido a un cuestionario. A que la vida fuese un cuestionario con alternativas, hasta selección múltiple tenía el de, probablemente, Nuñez. Quien no ha pensado en algún momento que las cosas se puedan responder si o no, tener alternativas, o piénsenlo de nuevo, hasta selección múltiple. Más bien, la esperanza que las cosas se puedan ser más concretas y no tan líquidas como decía Bauman apropósito de otras cosas.
- Roberto, cuéntame algo ¿En qué estai?
- En nada, o sea, aquí en nada.
- ¿Ninguna historia?
- Aquí no.
- ¿Aquí en San Miguel no?
- Puede ser que entre Santa Lucía y U Católica.
Sofía río, por lo absurda y evasiva de la respuesta supongo, pero siempre ha sido una experta en leer entrelíneas, entendió, y lo hizo mejor que yo. Siempre lo ha hecho mejor que yo.
- ¿Por qué siempre vamos directo a sacarnos la mierda para solo disfrutar la sensación del camino recorrido?
- Porque hay una especie de éxtasis, Roberto, es efímero.
- ¿Éxtasis de que?
- Algo así como el éxtasis creativo de Bolaño, o algo así, no sé, tu deberías saber mejor que yo.
- Creo que entiendo.
- ¿Entender qué?
- Que todo lo que iniciamos tiene un clímax y una conclusión, el clímax vale la conclusión, ¿no?.
- O sea sí, creo, aunque no sea el éxtasis de Bolaño.
- Pero, ¿qué sucede cuando las cosas no inician?
- No lo sé, y en verdad da lo mismo, porque si lo hicieran, igual se irían en algún momento a la mierda.
- ¿Y se puede vivir el éxtasis si no ha iniciado?
- Mira, si las cosas se pueden ir a la mierda sin siquiera iniciar, de seguro que sí.
- Entonces es mejor sobrevivir como los pájaros, escondiéndose.
- Lastima que no eres un pájaro, hueón.
En verdad tampoco hablamos tanto, fue más silencio que cualquier otra cosa, quizás cuando más hablamos fue al despedirnos. A pesar de responder el cuestionario no encontré más respuestas sino que más preguntas, incluso, una que me hizo cuestionarme si la protagonista finalmente era la mexicana que no apareció, o las escaleras de una estación, lejos de ahí.
martes, 20 de enero de 2015
Reeducación
Ernesto llevaba, antes, días enteros pensando en ella. En todo momento, sobre todo al fumar y tomar un libro en particular, un libro que poca relación tiene con ella, pero forzosamente busca artificiosas excusas para relacionarla, de una u otra manera, con Sakami Keiko generando un vínculo entre las hojas nuevas y el presente. Es fácil encontrar detalles mínimos que se puedan relacionar con el presente en cualquier cosa y situación como muchas veces las parejas encuentran detalles que creen que de forma irrefutable son puntos en común entre ellas, es algo que no cuesta mucho trabajo, pero es tontamente conciliador. Ella no era la descripción, en absoluto, de Keiko. Aunque, ¿escribir sobre alguien no es precisamente idealizar? Probablemente relacionaba el contexto y las motivaciones destructivas de Sakami al presente inmediato aunque sin mucho argumento. Este último pensamiento lo tuvo sentado en una vereda del Barrio Lastarria mirando un edifico de construcción nueva colindando con construcciones más antiguas. Un edificio con una máscara de grietas y vacíos que encontró acorde al contexto de aquella calle mezclando modernidad con antigüedad. Probablemente porque Ernesto no tiene idea de arquitectura. Días antes al pasar por el mismo lugar escuchó una voz femenina, muy cercana a su oído, que en resumen señaló que el edificio era una mierda, que nada tenía que ver con las edificaciones de la calle. Esa voz tampoco conoce nada de arquitectura, de seguro menos que él. Eso lo llevó a volver a visitar ese lugar, ahora solo, y contemplar el edificio durante varios minutos sin despegar la vista de el para encontrar una argumentación más sólida a su aprobación de la construcción y de la armonía con el entorno para convencerse a si mismo que ha triunfado en su juicio. Que está más cercano a la verdad académica que esa voz.
Las grietas, vacíos, hoyos podrían representar el único punto de escape ante construcciones cerradas, murallas densas, un espacio donde dejar escapar las historias y que se pierdan dentro de él- eso piensa. Poco consistente y se convence poco. Después de casi una hora, en que no ha pensado en ella porque ya no piensa tanto en ella, se cuestiona la verdad académica, una verdad que tampoco conoce porque no sabe nada sobre arquitectura, pero para consolar su ignorancia piensa ahora en Romain Gary. Gary ganó dos veces el premio Goncourt en Francia, el único que lo ha hecho. Primero con la novela Les Racines du ciel. Años después la crítica académica lo señaló como un autor trasnochado, viejo, aburrido y pasado de época. Posteriormente, publico La Vie devant soi, muchos años después, con el pseudónimo de Émile Anjar un supuesto escritor joven adulado por la crítica señalándolo como la joven promesa de las letras francesas. Era él mismo. Gary y Anjar eran la misma persona, o quizás eso quiso Gary y realmente solo compartían el mismo cuerpo. De todas maneras, Gary se enamoró de Jean Seberg, una de las actrices favoritas de Ernesto, fue el cuarto matrimonio de Seberg y Gary terminó resistiendo sus problemas psiquiátricos hasta el suicidio de ella. Meses después Gary se suicidó. Que mal- pensó. Después de pensar todo eso dejó de mirar el edificio, prometió nunca volver a cuestionarse la estructura y el contexto de éste.
Lleva mucho tiempo, en comparación a días anteriores, sin pensar en ella. Pero se da cuenta, hace días que se da cuenta que está dejando de pensar en ella y se resiste a esa situación. A la resignación necesaria de dejar de pensar en ella. Siempre se ha resistido a la resignaciones, por ello quizás sus tormentos. Detesta las resignaciones y las siente cuando las personas fingen de están satisfechas con su vida. Nadie puede estar satisfecho con su vida, es un cínico conformismo para sentirse más realizados y no asumir la realidad- piensa. Aún así, su vida ha estado envuelta de muchas resignaciones provocadas por el paso del tiempo. El tiempo debería ser condecorado como el mayor asesino de historias de la historia misma. Hace días viene sintiendo una distancia emocional de ella a la que se viene resistiendo estúpidamente. Quizás provocada por prolongados silencios, la propia distancia disimulada de ella y un tiempo que pasa y que ha dado respuestas innecesarias. Se siente decidido a evitarlo, ni sabe para qué, pero está absolutamente decidido a intentar de evitar que ello ocurra. Posiblemente como muestra de un término acuñado de Macedonio Fernández como “reeducación de la sentimentalidad”.
De todas maneras, lo realmente relevante del relato, es que si bien en los últimos días de Ernesto la presencia de ella en su cabeza durante el día ha disminuido dramáticamente para él, no ha dejado de soñar con ella. Todas las noches. Absolutamente todas. De distintas maneras, situaciones e historias si son calificables así. La noche recién pasada fue la primera en mínimo veinte noches en que no soñó con ella lo que debió haber provocado un cierto alivio, pero al contrario, de inmediato al momento de abrir los ojos pensó en que no había soñado con ella con un poco más de amargura que las otras veinte mañanas o, probablemente, la amargura correspondía a que, realmente, nunca ha dejado de pensar en ella. Ni cuando toca el filtro de un cigarro, ni cuando pensó en Gary, Seberg, en la planta de un balcón que se marchita, ni en el anunció desesperado pidiendo un pulmón en un departamento en Santa Rosa, ni cuando escuchó a una mujer gritarle a otra persona que le iba a cagar la vida, conchatumadre más o menos a las 03:21 de la mañana cuando miraba al techo, ni cuando pensó y piensa, quizás, que la está olvidando. Porque para olvidar a una persona necesariamente hay que pensarla o quizás eso prefiere pensar y resistirse a dejar pasar, algo que contra su voluntad está pasando y que racionalmente debiese dejar pasar.
jueves, 8 de enero de 2015
La memoria
Miraba las estrellas en silencio, acostada de espaldas, con la cabeza perfectamente vertical y con sus ojos oscuros no se notaban, a primera vista, sus parpadeos. Miraba las estrellas, pero en realidad no las miraba, sino que hacía un circuito del pensamiento. Una compleja red ideas como los cables que nunca ha desenredado y parecieran, después de tanto tiempo, estar en armonía con el desorden. Ella, él. En ese orden. Siempre fue en ese orden, porque si bien se relata desde él, ella es la protagonista. Ella es la de las decisiones, que nunca toma. A ella le toca el incómodo papel de las decisiones, que no va a tomar.
Mientras ella mira las estrellas, él mira la perfecta posición vertical de su cabeza sin que ella se de cuenta. Cabeza, nariz, estrellas. A veces, nariz, cabeza, estrellas. Probablemente ese momento, o momentos, transcurrieron los segundos en que las estrellas menos le importaron en toda su vida. Se volvieron un punto de referencia donde finalizar la mirada, un punto de descanso entre su cabeza y su nariz, o su nariz y su cabeza. La mira y piensa que decir para romper un silencio para nada incómodo, un silencio cálido. Pero no dice nada, pudo decir muchas cosas, pero no dijo nada. Sin embargo piensa en que va a pasar después del silencio porque en un momento hay que hablar, un silencio no puede ser eterno, aún no puede ser eterno. Después del silencio, piensa, sólo está él y ella, y lo piensa así porque por un momento se sintió el protagonista con control sobre cosas que nunca tuvo ni tiene, hablando sobre ellos, ellos dos. Aún en ese momento se les podía llamar ellos. Todo el mundo habla sobre ellos mismos como todas las historias tienen verdades a medias, mentiras a medias o más que a medias, frustraciones, planes deshechos y aciertos fortuitos.
Más adelante, quizás en esa misma noche o en otra, eso ocurriría, o ya había ocurrido. Puede que él intentase revivir artificialmente momentos o conversaciones que le dieran seguridad. Por eso intentaba revivirlos como retrocediendo un antiguo VHS, costumbre que adquirió de niño, maravillado por la posibilidad de volver atrás y ver una y otra vez la misma escena, y que en cada una de las repeticiones nada cambiara. Por el momento sigue el silencio, un silencio cómodo pero innecesario. Innecesario porque si hay algo que todas las historias tienen en abundancia es silencio. Silencio antes que ocurran, silencio durante y silencio después. Mucho silencio, mucho después. El silencio pasa tan desapercibido como el aire. El aire para vivir, el silencio pensar u olvidar, o no olvidar jamás.
Se rompió el silencio con unas cuantas frases de lo que había que hablar, de lo que interesaba hablar, de lo que era menester decir, pero lo que en realidad rompió el silencio fue el sonido del agua. Ella haciendo sonar el agua levemente desplazándose de un rincón a otro en una piscina. La siguió mirando mientras fumaba en silencio. Ella realizó un movimiento brusco, como muchos que haría posteriormente y que desordenan todo lo instituido en los pensamientos de él, elevando el volumen del agua. No pensó en eso, pensó en la memoria del agua. Lo había escuchado en algún lugar, no sabía que significaba, pero inventó el concepto, de todas maneras, nadie lo escucharía como muchas cosas que ha pensado en su vida.
La memoria del agua tiene que ser una propiedad del agua que almacene emociones, instantes, recuerdos, en algún extraño código que otra persona debería definir. Eso pensó. Cada movimiento de ella debía quedar registrado en alguna parte, en algún lugar donde no se marchitara ni perdiera, donde se pudiesen adelantar y retroceder sus imágenes, y lo mejor de todo, sus pensamientos. Por un momento, creyó lo que pensó, después lo olvidó.
Días después, cuando el silencio ya no era cómodo ni cálido, encontró una colilla de cigarro de ese día, o esos días. La recogió, la tocó y acarició. Recordó todo. Cada movimiento, cada mirada a la nada, cada interrupción del silencio. La guardó en la repisa donde tiene todos sus VHS que no reproduce hace años, como otro video más, probablemente, para darle su espacio en el olvido.
jueves, 25 de diciembre de 2014
Teorema
Martín mira caminar a Sara, es inevitable no mirarla. No separa tanto los brazos del cuerpo ni tampoco las piernas una de otra. Él nunca se ha preguntado como camina él, le han dicho que dando saltos. Piensa que es importante saber cómo una persona camina, es la forma, de una u otra manera, de avanzar. Sara es un personaje de una historia, una historia en la vida de Martín, una historia que pudo haber pasado o pasará, probablemente no ha pasado. Las historias que no empiezan tampoco terminan, sería abusivo señalar que terminan. Sara fuma poco o nada, bebe mucho. Martín fuma mucho y bebe mucho. Eso piensa él, así tal cual, en tercera persona. Y lo piensa porque Sara lleva un libro bajo el brazo- Confesiones de Una Máscara de Yukio Mishima, a modo de anécdota. Piensa en si no le es incómodo leer un libro sin fumar, debe ser extraño, para él. En todo caso, tampoco cree que lo haya leído o lo esté leyendo, tampoco le pregunta porqué lo lleva ni donde lo consiguió y no le pregunta porque va dos o tres pasos atrás, por eso la puede ver caminar, porque va atrás de ella, o eso quiere pensar porque en realidad sabe que ese silencio es por otra cosa- por un error irremediable, escuchó decir alguna vez que le llamaban a ese tipo de errores.
La vida de Martín está llena de esos errores, o él cree que corresponden a esa especie de errores, pero al fin y al cabo son errores. Muchos errores, una colección de errores. No vale la pena ni nombrarlos, ni enumerarlos. Mientras él se preocupa de que sus pasos sean coordinados, piensa en que algunas historias están destinadas a terminar mal, o no terminar bien. No puede ser de otra forma, como si existiese una especie de teorema. Probablemente la historia de Martín y Sara sea una de esas historias, una de esas historias que terminan con libros de regalo.
Sara tiene su propia historia aparte, una larga historia donde Martín ha estado la mayoría del tiempo ausente. Lógicamente, pues no se conocían o quizás si se conocían, pero no de una buena manera. Sara era joven, muy blanca y de pocas palabras. No habla mucho, ni escucha mucho. Para ella más vale la pena mirar que escuchar o hablar, o eso parece. Por eso es que en su propia historia ha sido más una espectadora que una protagonista, más un vacío en algún párrafo que una narradora. Es una historia de esas que a la mayoría de la gente le gusta escuchar y a veces leer, algo excitante le ocurre a la gente al escuchar historias desastrosas, les gusta tanto como calentarse, como irse. Es como la vivencia clara de ese patético dicho- siempre hay alguien peor que tú, como si eso hiciera menos miserable la vida o más decorosas las desgracias.
En esa historia piensa Martín mientras sigue caminando, en silencio, unos pasos atrás de Sara. Que no mira atrás, que no mirará atrás. Reflexiona como hubiese sido esa historia de otra manera, que resultado tendría ahora todo. O mejor aún, si él hubiese aparecido en su vida antes. Una pobre pero bien intencionada reflexión. Si Martín se conociera más, sabría que la habría, probablemente, empeorado. Algo sí es indiscutible, habría sido distinta, lógicamente habría sido distinta. Pero no fue así, tampoco va a ser así.
La historia de Martín, en cambio, no es tan desastrosa como la de Sara, pero igualmente es desastrosa. A diferencia de Sara que tiene una historia de una novela muy oscura, la de Martín es una poco útil novela de auto-ayuda. La de Sara es una historia interesante, la de Martín no. La de Martín es la historia de cualquier joven con graves problemas de ansiedad nunca tratados, que se refugia en leer y buscar música nueva, además de guardar todo tipo de papeles, colillas de cigarro, piedras, etcétera. Todo lo que para él tenga un significado de algún momento especial, que no son muchos. Probablemente si alguna vez sufre un grave trastorno será sin duda el Síndrome de Diógenes. Además, de decenas, cientos y quizás miles o casi miles de metas inconclusas.
A la media hora, o una hora, da lo mismo, que ha transcurrido desde que caminan así, al unísono, Martín comienza a caminar cada vez más lento, y mientras camina más lento más se aleja Sara que no deja de caminar. Esa secuencia de imágenes es particularmente llamativa para él, cada vez más pequeña, cada vez más sólo. En verdad ya estaba sólo mucho antes de este episodio y Sara estaba más lejos desde antes de esa caminata. Decide dejar de caminar, pero sigue mirándola como no la ha dejado de mirar en ningún momento. Cuando ella se ve diminuta, tan diminuta como su existencia entre tantas historias que rondan el mundo, deja también de caminar. Mira atrás, mira atrás unos pocos segundos, de verdad muy pocos segundos, pero eternos para Martín que, quizás, esperó algo de ese gesto. No sabe qué, solo algo. Nada, Sara siguió caminando y no miró atrás, quizás nunca miró atrás. En ese momento Martín comprendió que no debía mirar más, que probablemente nunca más la mirará. La última imagen que recordó de ella en ese momento y quizás va a recordar mucho tiempo después, cuando los recuerdos se ponen como las hojas antiguas de ese color medio amarillento, fue verla haciendo una cama. Contemplarla haciendo una cama. En ese sencillo acto que puede ser una analogía de un mundo mejor donde las cosas se pueden volver a armar y desarmar.
Martín caminó una cuadra en dirección contraria, no volvió a mirarla, desapareció. Quizás para siempre. Se sentó en una banca a la que le faltan dos tablas, cruzó las piernas como se sienta él, miró a unos niños jugar. A una niña y un niño. El niño no decía nada y la niña gritaba mucho, los dos muy felices jugando un juego que no conoce ni va a conocer. Sacó un papel de su bolsillo con unas palabras escritas con una pésima caligrafía y la dejó en la banca. No importa que dice el papel, pero algo dice. Se paró y se fue sólo de la misma manera que llegó.
Sobre el papel, estuvo un tiempo ahí. Quizás se voló, se mojó, se quemó, ya no está. Pero a la banca aún le faltan dos tablas.
martes, 16 de diciembre de 2014
Placer
Héctor y Sofía estaban en silencio en el sofá de un departamento en el piso siete viendo una pésima película chilena, "algo con alas era el nombre" diría Héctor más adelante, dos meses más adelante, cuando mientras se fumaba un cigarro conversando con un amigo que no veía hace años hablaban de malas películas, pero esa es otra historia, una historia que no importa. Héctor y Sofía podrían ser Fernando y Carolina o Tomás y Francisca o Francisco y Tomasa, da lo mismo, es también irrelevante. El duro silencio que acompañaba la película, la mala película, es una muestra del abúlico momento que viven en ese instante.
Héctor prende un cigarro, es el quinto, para sentir que hace algo productivo mientras ve esa pésima película, hacer algo placentero en un momento no placentero, placer, palabra clave. Mientras el cigarro se consume a más de la mitad y Sofía mira a veces la pésima película y las luces de los edificios colindantes como si estuviera atenta a cuantas luces se prenden y apagan desde la última vez que miró la ventana, hay una escena donde un auxiliar le roba una toalla higiénica a una escolar, la pega en la muralla de su pieza, y lo echan- Que huevada más ridícula, piensa. No lo dice. Lo piensa pero no lo dice, como muchas cosas, como muchas personas. Piensa en lo ridículo, segunda palabra clave, en lo ridículo que es saludar por cortesía, afiliarse a una ISAPRE, votar por la derecha, gastar millones en un pesebre, dejar de fumar, estar viendo una película malísima. También piensa en Gonzalo Cáceres, un episodio particular de la vida de Gonzalo Cáceres cuando fue invitado a un programa y se sometió a un detector de mentiras, no lo dejaron verlo, era un niño. Lloró tres o cuatro horas, como más adelante lloraría, como ahora siendo adulto-joven lloraría por cosas, quizás, con menor importancia.
Mientras sucumbe en sus pensamientos, en lo placentero que es recordar algún buen momento o algún mal momento y sentir que ya pasó, Sofía lo mira. Sofía que podría ser Tomasa, Carolina o cualquier otro nombre, no persona. Lo mira pero no dice nada, lo mira por segunda vez y no dice nada, lo mira por tercera vez con un poco de rabia o mucha, también es muy irrelevante. Lo mira por cuarta vez- ¿Qué esperas de mí? dice, muy tranquila como casi todas las personas en momentos de poca importancia. Héctor la mira por seis segundos o quizás siete, vuelve la vista a la película, ahora vuelve a pensar en la película, en esa mierda de película. Piensa que una vez tuvo una gata, una gata con la que hablaba y le hacía preguntas ridículas por placer, sí, por placer. Se acordó de una en particular- ¿Cuanto dura la memoria de un gato? ¿Hasta cuando eres capaz de recordar? en realidad fueron dos, dos preguntas. No respondió, no sé si es necesario decirlo. Pensó también en uno o dos recuerdos, no tan antiguos, y la volvió a mirar, a Sofía o cualquier otro nombre terminado en a. Se paró del sofá, tomó una botella de Tequila que estaba a su lado, una botella hasta la mitad con una etiqueta muy fea, corrió las cortinas de la ventana y tiró la botella a la mierda. A la mierda de un séptimo piso de un edificio donde hay un sofá y ven una pésima película. Se escuchan los vidrios contra el pavimento y mira a Sofía- ¿Qué no esperas de mí? dice. Se miran menos de seis o siete segundos, ambos ríen, ríen por varios minutos.
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