jueves, 25 de diciembre de 2014
Teorema
Martín mira caminar a Sara, es inevitable no mirarla. No separa tanto los brazos del cuerpo ni tampoco las piernas una de otra. Él nunca se ha preguntado como camina él, le han dicho que dando saltos. Piensa que es importante saber cómo una persona camina, es la forma, de una u otra manera, de avanzar. Sara es un personaje de una historia, una historia en la vida de Martín, una historia que pudo haber pasado o pasará, probablemente no ha pasado. Las historias que no empiezan tampoco terminan, sería abusivo señalar que terminan. Sara fuma poco o nada, bebe mucho. Martín fuma mucho y bebe mucho. Eso piensa él, así tal cual, en tercera persona. Y lo piensa porque Sara lleva un libro bajo el brazo- Confesiones de Una Máscara de Yukio Mishima, a modo de anécdota. Piensa en si no le es incómodo leer un libro sin fumar, debe ser extraño, para él. En todo caso, tampoco cree que lo haya leído o lo esté leyendo, tampoco le pregunta porqué lo lleva ni donde lo consiguió y no le pregunta porque va dos o tres pasos atrás, por eso la puede ver caminar, porque va atrás de ella, o eso quiere pensar porque en realidad sabe que ese silencio es por otra cosa- por un error irremediable, escuchó decir alguna vez que le llamaban a ese tipo de errores.
La vida de Martín está llena de esos errores, o él cree que corresponden a esa especie de errores, pero al fin y al cabo son errores. Muchos errores, una colección de errores. No vale la pena ni nombrarlos, ni enumerarlos. Mientras él se preocupa de que sus pasos sean coordinados, piensa en que algunas historias están destinadas a terminar mal, o no terminar bien. No puede ser de otra forma, como si existiese una especie de teorema. Probablemente la historia de Martín y Sara sea una de esas historias, una de esas historias que terminan con libros de regalo.
Sara tiene su propia historia aparte, una larga historia donde Martín ha estado la mayoría del tiempo ausente. Lógicamente, pues no se conocían o quizás si se conocían, pero no de una buena manera. Sara era joven, muy blanca y de pocas palabras. No habla mucho, ni escucha mucho. Para ella más vale la pena mirar que escuchar o hablar, o eso parece. Por eso es que en su propia historia ha sido más una espectadora que una protagonista, más un vacío en algún párrafo que una narradora. Es una historia de esas que a la mayoría de la gente le gusta escuchar y a veces leer, algo excitante le ocurre a la gente al escuchar historias desastrosas, les gusta tanto como calentarse, como irse. Es como la vivencia clara de ese patético dicho- siempre hay alguien peor que tú, como si eso hiciera menos miserable la vida o más decorosas las desgracias.
En esa historia piensa Martín mientras sigue caminando, en silencio, unos pasos atrás de Sara. Que no mira atrás, que no mirará atrás. Reflexiona como hubiese sido esa historia de otra manera, que resultado tendría ahora todo. O mejor aún, si él hubiese aparecido en su vida antes. Una pobre pero bien intencionada reflexión. Si Martín se conociera más, sabría que la habría, probablemente, empeorado. Algo sí es indiscutible, habría sido distinta, lógicamente habría sido distinta. Pero no fue así, tampoco va a ser así.
La historia de Martín, en cambio, no es tan desastrosa como la de Sara, pero igualmente es desastrosa. A diferencia de Sara que tiene una historia de una novela muy oscura, la de Martín es una poco útil novela de auto-ayuda. La de Sara es una historia interesante, la de Martín no. La de Martín es la historia de cualquier joven con graves problemas de ansiedad nunca tratados, que se refugia en leer y buscar música nueva, además de guardar todo tipo de papeles, colillas de cigarro, piedras, etcétera. Todo lo que para él tenga un significado de algún momento especial, que no son muchos. Probablemente si alguna vez sufre un grave trastorno será sin duda el Síndrome de Diógenes. Además, de decenas, cientos y quizás miles o casi miles de metas inconclusas.
A la media hora, o una hora, da lo mismo, que ha transcurrido desde que caminan así, al unísono, Martín comienza a caminar cada vez más lento, y mientras camina más lento más se aleja Sara que no deja de caminar. Esa secuencia de imágenes es particularmente llamativa para él, cada vez más pequeña, cada vez más sólo. En verdad ya estaba sólo mucho antes de este episodio y Sara estaba más lejos desde antes de esa caminata. Decide dejar de caminar, pero sigue mirándola como no la ha dejado de mirar en ningún momento. Cuando ella se ve diminuta, tan diminuta como su existencia entre tantas historias que rondan el mundo, deja también de caminar. Mira atrás, mira atrás unos pocos segundos, de verdad muy pocos segundos, pero eternos para Martín que, quizás, esperó algo de ese gesto. No sabe qué, solo algo. Nada, Sara siguió caminando y no miró atrás, quizás nunca miró atrás. En ese momento Martín comprendió que no debía mirar más, que probablemente nunca más la mirará. La última imagen que recordó de ella en ese momento y quizás va a recordar mucho tiempo después, cuando los recuerdos se ponen como las hojas antiguas de ese color medio amarillento, fue verla haciendo una cama. Contemplarla haciendo una cama. En ese sencillo acto que puede ser una analogía de un mundo mejor donde las cosas se pueden volver a armar y desarmar.
Martín caminó una cuadra en dirección contraria, no volvió a mirarla, desapareció. Quizás para siempre. Se sentó en una banca a la que le faltan dos tablas, cruzó las piernas como se sienta él, miró a unos niños jugar. A una niña y un niño. El niño no decía nada y la niña gritaba mucho, los dos muy felices jugando un juego que no conoce ni va a conocer. Sacó un papel de su bolsillo con unas palabras escritas con una pésima caligrafía y la dejó en la banca. No importa que dice el papel, pero algo dice. Se paró y se fue sólo de la misma manera que llegó.
Sobre el papel, estuvo un tiempo ahí. Quizás se voló, se mojó, se quemó, ya no está. Pero a la banca aún le faltan dos tablas.
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