martes, 20 de enero de 2015

Reeducación

Ernesto llevaba, antes, días enteros pensando en ella. En todo momento, sobre todo al fumar y tomar un libro en particular, un libro que poca relación tiene con ella, pero forzosamente busca artificiosas excusas para relacionarla, de una u otra manera, con Sakami Keiko generando un vínculo entre las hojas nuevas y el presente. Es fácil encontrar detalles mínimos que se puedan relacionar con el presente en cualquier cosa y situación como muchas veces las parejas encuentran detalles que creen que de forma irrefutable son puntos en común entre ellas, es algo que no cuesta mucho trabajo, pero es tontamente conciliador. Ella no era la descripción, en absoluto, de Keiko. Aunque, ¿escribir sobre alguien no es precisamente idealizar? Probablemente relacionaba el contexto y las motivaciones destructivas de Sakami al presente inmediato aunque sin mucho argumento. Este último pensamiento lo tuvo sentado en una vereda del Barrio Lastarria mirando un edifico de construcción nueva colindando con construcciones más antiguas. Un edificio con una máscara de grietas y vacíos que encontró acorde al contexto de aquella calle mezclando modernidad con antigüedad. Probablemente porque Ernesto no tiene idea de arquitectura. Días antes al pasar por el mismo lugar escuchó una voz femenina, muy cercana a su oído, que en resumen señaló que el edificio era una mierda, que nada tenía que ver con las edificaciones de la calle. Esa voz tampoco conoce nada de arquitectura, de seguro menos que él. Eso lo llevó a volver a visitar ese lugar, ahora solo, y contemplar el edificio durante varios minutos sin despegar la vista de el para encontrar una argumentación más sólida a su aprobación de la construcción y de la armonía con el entorno para convencerse a si mismo que ha triunfado en su juicio. Que está más cercano a la verdad académica que esa voz. Las grietas, vacíos, hoyos podrían representar el único punto de escape ante construcciones cerradas, murallas densas, un espacio donde dejar escapar las historias y que se pierdan dentro de él- eso piensa. Poco consistente y se convence poco. Después de casi una hora, en que no ha pensado en ella porque ya no piensa tanto en ella, se cuestiona la verdad académica, una verdad que tampoco conoce porque no sabe nada sobre arquitectura, pero para consolar su ignorancia piensa ahora en Romain Gary. Gary ganó dos veces el premio Goncourt en Francia, el único que lo ha hecho. Primero con la novela Les Racines du ciel. Años después la crítica académica lo señaló como un autor trasnochado, viejo, aburrido y pasado de época. Posteriormente, publico La Vie devant soi, muchos años después, con el pseudónimo de Émile Anjar un supuesto escritor joven adulado por la crítica señalándolo como la joven promesa de las letras francesas. Era él mismo. Gary y Anjar eran la misma persona, o quizás eso quiso Gary y realmente solo compartían el mismo cuerpo. De todas maneras, Gary se enamoró de Jean Seberg, una de las actrices favoritas de Ernesto, fue el cuarto matrimonio de Seberg y Gary terminó resistiendo sus problemas psiquiátricos hasta el suicidio de ella. Meses después Gary se suicidó. Que mal- pensó. Después de pensar todo eso dejó de mirar el edificio, prometió nunca volver a cuestionarse la estructura y el contexto de éste. Lleva mucho tiempo, en comparación a días anteriores, sin pensar en ella. Pero se da cuenta, hace días que se da cuenta que está dejando de pensar en ella y se resiste a esa situación. A la resignación necesaria de dejar de pensar en ella. Siempre se ha resistido a la resignaciones, por ello quizás sus tormentos. Detesta las resignaciones y las siente cuando las personas fingen de están satisfechas con su vida. Nadie puede estar satisfecho con su vida, es un cínico conformismo para sentirse más realizados y no asumir la realidad- piensa. Aún así, su vida ha estado envuelta de muchas resignaciones provocadas por el paso del tiempo. El tiempo debería ser condecorado como el mayor asesino de historias de la historia misma. Hace días viene sintiendo una distancia emocional de ella a la que se viene resistiendo estúpidamente. Quizás provocada por prolongados silencios, la propia distancia disimulada de ella y un tiempo que pasa y que ha dado respuestas innecesarias. Se siente decidido a evitarlo, ni sabe para qué, pero está absolutamente decidido a intentar de evitar que ello ocurra. Posiblemente como muestra de un término acuñado de Macedonio Fernández como “reeducación de la sentimentalidad”. De todas maneras, lo realmente relevante del relato, es que si bien en los últimos días de Ernesto la presencia de ella en su cabeza durante el día ha disminuido dramáticamente para él, no ha dejado de soñar con ella. Todas las noches. Absolutamente todas. De distintas maneras, situaciones e historias si son calificables así. La noche recién pasada fue la primera en mínimo veinte noches en que no soñó con ella lo que debió haber provocado un cierto alivio, pero al contrario, de inmediato al momento de abrir los ojos pensó en que no había soñado con ella con un poco más de amargura que las otras veinte mañanas o, probablemente, la amargura correspondía a que, realmente, nunca ha dejado de pensar en ella. Ni cuando toca el filtro de un cigarro, ni cuando pensó en Gary, Seberg, en la planta de un balcón que se marchita, ni en el anunció desesperado pidiendo un pulmón en un departamento en Santa Rosa, ni cuando escuchó a una mujer gritarle a otra persona que le iba a cagar la vida, conchatumadre más o menos a las 03:21 de la mañana cuando miraba al techo, ni cuando pensó y piensa, quizás, que la está olvidando. Porque para olvidar a una persona necesariamente hay que pensarla o quizás eso prefiere pensar y resistirse a dejar pasar, algo que contra su voluntad está pasando y que racionalmente debiese dejar pasar.

jueves, 8 de enero de 2015

La memoria

Miraba las estrellas en silencio, acostada de espaldas, con la cabeza perfectamente vertical y con sus ojos oscuros no se notaban, a primera vista, sus parpadeos. Miraba las estrellas, pero en realidad no las miraba, sino que hacía un circuito del pensamiento. Una compleja red ideas como los cables que nunca ha desenredado y parecieran, después de tanto tiempo, estar en armonía con el desorden. Ella, él. En ese orden. Siempre fue en ese orden, porque si bien se relata desde él, ella es la protagonista. Ella es la de las decisiones, que nunca toma. A ella le toca el incómodo papel de las decisiones, que no va a tomar. Mientras ella mira las estrellas, él mira la perfecta posición vertical de su cabeza sin que ella se de cuenta. Cabeza, nariz, estrellas. A veces, nariz, cabeza, estrellas. Probablemente ese momento, o momentos, transcurrieron los segundos en que las estrellas menos le importaron en toda su vida. Se volvieron un punto de referencia donde finalizar la mirada, un punto de descanso entre su cabeza y su nariz, o su nariz y su cabeza. La mira y piensa que decir para romper un silencio para nada incómodo, un silencio cálido. Pero no dice nada, pudo decir muchas cosas, pero no dijo nada. Sin embargo piensa en que va a pasar después del silencio porque en un momento hay que hablar, un silencio no puede ser eterno, aún no puede ser eterno. Después del silencio, piensa, sólo está él y ella, y lo piensa así porque por un momento se sintió el protagonista con control sobre cosas que nunca tuvo ni tiene, hablando sobre ellos, ellos dos. Aún en ese momento se les podía llamar ellos. Todo el mundo habla sobre ellos mismos como todas las historias tienen verdades a medias, mentiras a medias o más que a medias, frustraciones, planes deshechos y aciertos fortuitos. Más adelante, quizás en esa misma noche o en otra, eso ocurriría, o ya había ocurrido. Puede que él intentase revivir artificialmente momentos o conversaciones que le dieran seguridad. Por eso intentaba revivirlos como retrocediendo un antiguo VHS, costumbre que adquirió de niño, maravillado por la posibilidad de volver atrás y ver una y otra vez la misma escena, y que en cada una de las repeticiones nada cambiara. Por el momento sigue el silencio, un silencio cómodo pero innecesario. Innecesario porque si hay algo que todas las historias tienen en abundancia es silencio. Silencio antes que ocurran, silencio durante y silencio después. Mucho silencio, mucho después. El silencio pasa tan desapercibido como el aire. El aire para vivir, el silencio pensar u olvidar, o no olvidar jamás. Se rompió el silencio con unas cuantas frases de lo que había que hablar, de lo que interesaba hablar, de lo que era menester decir, pero lo que en realidad rompió el silencio fue el sonido del agua. Ella haciendo sonar el agua levemente desplazándose de un rincón a otro en una piscina. La siguió mirando mientras fumaba en silencio. Ella realizó un movimiento brusco, como muchos que haría posteriormente y que desordenan todo lo instituido en los pensamientos de él, elevando el volumen del agua. No pensó en eso, pensó en la memoria del agua. Lo había escuchado en algún lugar, no sabía que significaba, pero inventó el concepto, de todas maneras, nadie lo escucharía como muchas cosas que ha pensado en su vida. La memoria del agua tiene que ser una propiedad del agua que almacene emociones, instantes, recuerdos, en algún extraño código que otra persona debería definir. Eso pensó. Cada movimiento de ella debía quedar registrado en alguna parte, en algún lugar donde no se marchitara ni perdiera, donde se pudiesen adelantar y retroceder sus imágenes, y lo mejor de todo, sus pensamientos. Por un momento, creyó lo que pensó, después lo olvidó. Días después, cuando el silencio ya no era cómodo ni cálido, encontró una colilla de cigarro de ese día, o esos días. La recogió, la tocó y acarició. Recordó todo. Cada movimiento, cada mirada a la nada, cada interrupción del silencio. La guardó en la repisa donde tiene todos sus VHS que no reproduce hace años, como otro video más, probablemente, para darle su espacio en el olvido.